Hablemos de correr.

El novelista Haruki Murakami, autor de Tokio Blues, Kafka en la orilla o la trilogía 1Q84, cuenta en este libro de memorias su experiencia como maratoniano y triatleta.

 
Si el sufrimiento no formara parte de ellos, ¿quién iba a tomarse la molestia de afrontar desafíos como un maratón o un triatlón, con la inversión de tiempo y esfuerzo que conllevan? Precisamente porque son duros, y precisamente porque nos atrevemos a arrostrar esa dureza, es por lo que podemos experimentar la sensación de estar vivos; y si no experimentamos la sensación de estar vivos plenamente, sí al menos de manera parcial. Y, a veces (si todo va bien), podemos aprender que lo que de veras da calidad a la vida no se encuentra en cosas fijas e inmóviles, como los resultados, las cifras o las clasificaciones, sino que se halla, inestable, en nuestros propios actos.

De qué hablamos cuando hablamos de correr, Haruki Murakami
Antes de llegar al triatlón, Haruki Murakami regentaba un bar de jazz en Tokio y apuraba cigarrillos en su casa hasta el alba mientras escribía su primer libro. Todo su deporte era ver partidos de béisbol de los Yakult Swallows y dirigir su negocio. Tenía por entonces 30 años, una novia contenta de que se ganase bien la vida y una clientela que apreciaba el toque elegante de su local.

Pero un buen día de 1981 cerró el negocio y quiso ser escritor a tiempo completo, es decir, ganarse la vida publicando novelas. Semanas después, como muchos otros oficinistas de este mundo, empezó a engordar. Y a fumar hasta 60 cigarrillos por día. Y, claro, el tabaco, el exceso de café o la vida sedentaria ayudan a perder rápidamente la forma física. Fue entonces cuando empezó con el footing.

Tras superar la clásica etapa de 20 o 30 minutos de trote cochinero, consiguió aumentar la frecuencia y la duración de sus salidas. Gracias a su perseverancia, «el acto de correr fue integrándose» en su «ciclo vital, hasta formar parte de él, igual que las tres comidas diarias, el sueño, las tareas domésticas o el trabajo». La insistencia dio su fruto y pronto, calzarse sus Mizuno para salir a trotar, fue un placer más de la vida, uno diario.

A principios de 1981, corrió su primera prueba popular de 5 km y, en mayo de ese mismo año, terminó una de 15. Envalentonado, en junio intentó descubrir hasta dónde llegaba su resistencia; así que se puso a dar vueltas alrededor del Palacio Imperial de Tokio hasta que no pudo más. 7 vueltas, 35 km; esa fue la cuenta que sacó. Entonces la idea de hacer un maratón cobró forma, y meses después se había convertido en alguien que torcía el gesto si sus suelas no promediaba 60 o 70 km a la semana.

La madurez era esto

Como corredor aficionado, Murakami adquirió consigo mismo compromisos que cumplía con el honor de un samurái. Quizá el más importante fue aceptar una suerte de ética del corredor, que se podía resumir en 3 preceptos: 1) a los maratones se va a correr, no a andar, 2) tengo que correr al menos un maratón por año y 3) lo importante es vencer siempre al que eras ayer; ni marcas ni puestos, lo esencial es superarte respecto del día anterior. Sobre estos pilares fue construyendo su épica personal.

De ahí que en su libro no haya lugar para palabras como dieta, macrociclos o series. Todo eso le da igual. Para él salir a correr es una oportunidad de estar solo, relajarse un rato, disfrutar de los discos de Lovin’ Spoonful o Eric Clapton, contemplar los árboles del parque, escucharse respirar, sentir cómo avanzan las piernas, observar a la gente, pensar en el trabajo o darse cuenta de que el tiempo pasa y unos días envejeces con más dignidad que otros en esa carrera hacia la muerte que es la vida. De hecho, considera que su apogeo como corredor le llegó a los 45 años, esto es, en plena sintonía entre su madurez personal y su resistencia física.

Curiosamente, su llegada al triatlón vino motivada por correr más de la cuenta. Un buen día se sintió tentado por la ultradistancia y decidió meterse un atracón de kilómetros; así que se apuntó a los 100 km de Saroma. Y, como quien se atraganta con el pastel de manzana por comerse hasta las migas, las 13 horas de competición que necesitó para llegar a meta le dejaron tocado anímicamente.

En las semanas posteriores a la prueba, acusó la llamada «tristeza del corredor» y sintió que su afición favorita ya no podía aportarle mucho más. Con 50 años a la espalda y unos 20 maratones en las piernas, decidió que necesitaba algo diferente. Y, aunque nadaba fatal y los pedales automáticos le parecieron un engendro del demonio cuando los puso en su bicicleta, se dio una oportunidad con el triatlón.

Cosas de la vida, en Japón hay una ciudad que se llama Murakami, que está en la prefectura de Niigata. Y por inverosímil que parezca la casualidad, allí se corre un olímpico, el Triatlón de Murakami. El libro no aclara este detalle; pero, si un triatlón se llama como tú, qué mejor lugar para debutar, ¿no?

Nadar es cosa seria

En su primer triatlón, y pese a haberlo preparado a conciencia, Murakami terminó KO al poco de salir. Los golpes de otros nadadores y su mala técnica para respirar le provocaron un ataque de pánico. ¿Resultado? Se retiró en el primer segmento.

Ese abandono golpeó con dureza su orgullo de maratoniano que nunca había sido vencido por los 42,2 km ni por ninguna otra prueba. Perdió la confianza en sí mismo, cambió mil y una veces de entrenador y se hundió… Necesitó 4 años para analizar todos los aspectos del «fracaso en aquel triatlón» y, claro está, para vencer su miedo de samurái que no quiere volver a «ser humillado». En su segundo asalto al Triatlón de Murakami, consiguió mantener la tranquilidad y, pese que le surgieron nuevas dificultades, lo terminó. Con ello, el triatlón ganó a un nuevo adepto.

De qué hablo mientras hablo de correr es un libro de memorias, pero por encima de todo es una gran reflexión sobre cómo el maratón o el triatlón funcionan como una metáfora de la vida para muchas personas. También sobre cómo el deporte, practicado desde el placer, puede ser fuente de inspiración para contestar las grandes preguntas y una valiosa herramienta para el autoconocimiento, se tenga la edad que se tenga. Por que, como sostiene Murakami, «por muy mayor que uno se haga, mientras viva siempre descubre cosas nuevas sobre uno mismo. Por mucho tiempo que uno pase escrutándose ante al espejo, este nunca llegará a reflejar su interior». Y es que, al fin y al cabo, correr como leer son una oportunidad para estar solos y debatir con nosotros mismos sobre el más acá, el más allá y lo que haga falta.

 

PD. ¿Más libros sobre correr en Blog TS? Correr, de Jean Echenoz, sobre Emil Zátopek, y Correr o morir, de Kilian Jornet.

Texto | Rubén A. Arribas